Amor En El Más Allá.
Junté los vidrios con la escoba, los metí en una bolsa y llamé a alguien para que me coloque las ventanas.
Tocaron el timbre, fui a abrir y era el hombre al que había llamado.
—Bueno, dentro de dos días las ventanas están. -dijo, el hombre.
—Bueno. ¿Cuánto es? -pregunté.
—$140.
—Acá tiene. Gracias.
El hombre se fue y escuché la voz de Carina atrás mío.
—Perdón. -dijo. No quería hacer eso, no sé ni como pasó.
—Vos te alimentas de la energía de los vivos, por eso podes hacer eso. -contesté.
—De nuevo, te quiero pedir perdón.
—No hay problema, estoy acostumbrado.
Me quedé observandola por unos minutos y ella se sonrojó.
—¿Cuál es tu nombre? -preguntó.
—Sebastián, Sebastián Estevanez. -contesté.
—¿Por qué los muertos tenemos que cruzar?
—En la luz van a estar bien. Este mundo es para los vivos. -dije.
—¿Por qué no recuerdo nada? -preguntó.
—Con el tiempo vas a tener unos recuerdos cortos y poco a poco vas a ver la luz. -contesté.
—¿Por qué? ¿Qué va a pasar cuándo cruce?
—Dicen... que es un lugar muy hermoso. Vos todavía no la ves por un tema que tenes pendiende con alguien. -dije.
—No entiendo.
—¿Te arrepentis de haber hecho algo? ¿Tenes que pedir perdón? -pregunté.
—No, que yo recuerde no. -respondió.
En ese mismo momento ella cerró los ojos. Me acerqué a ella y le pregunté:
—¿Estás bien?
—Tuve un recuerdo... -dijo.
—¿Qué recordaste?
Ella tocó mi mano y vi lo que recordó.
«Un hombre al lado de ella lloraba y pedía perdón. Se levantó, la alzó y la metió dentro del auto. Mientras manejaba decía:
—Perdoname, yo no quise hacerte esto...
Estacionó en un campo oscurecido y repitió llorando "Perdoname, esto es lo mejor. Nadie lo tiene que saber".»
—¿Quién era ese hombre? -pregunté.
—Ese hombre era mi pareja... Alejandro. -respondió.
—¿Dónde vive?
—No recuerdo, sé donde trabaja. ¿Conoces la empresa fotografía Fraymar?
—Sí, ¿él trabaja ahí?
—Sí. -contestó.
Subí a mi camioneta y me dirigí hacia la empresa Fraymar. Estacioné mi camioneta y fui a recepción.
—Hola, buenas tardes. -dijo, la secretaria.
—Hola, busco a una persona. -dije yo.
—¿Nombre y apellido de la persona que busca? -pregunté.
—Alejandro Ortiz. -dijo, Carina.
—Alejandro Ortiz. -repetí.
—¿Quién lo busca? -preguntó, la secretaria.
—Un amigo de un conocido.
—¿Su nombre?
—Sebastián.
Agarró el teléfono y marcó solo dos números.
—Señor, lo busca un hombre llamado Sebastián. (...) ya le digo. -tapa con una mano el teléfono. Dice que no lo conoce.
—Eh... decile que era amigo de su novia, Carina.
—Señor, me informa que era amigo de su novia, Ca...
No terminó de decir el nombre y la secretaria me dijo "pase".
—Vaya al ascensor, piso ocho, puerta 32. -dijo, la secretaria.
—Gracias. -contesté.
Fui hacia el ascensor y apreté el botón ocho. Esperé unos segundos, las puertas se abrieron y me dirigí hacia la puerta 32.
Golpee la puerta y escuché un "adelante". Al entrar había cuatro cuadros con partes de una persona, una mano, un pie, parte de cabello rubio y una parte de la cara.
—Hola. -dijo, Alejandro.
—Hola. -contesté.
—Sebastián, ¿no?
—Sí. -contesté, seco.
¿Por qué le hablaba seco? ¿Estaba celoso?
—Vos dirás. -dijo. ¿Qué te trae por acá?
—¿Cómo falleció Carina? -pregunté, serio.
Su cara se puso pálida, agarró un vaso lleno de agua y tomó un sorbo.
—Carina... falleció en un choque... yo iba con ella, Carina manejaba y en un momento no sé que le pasó y chocó. -dijo.
—Está mintiendo, lo conozco. Está mintiendo. -dijo, Carina.
Tocaron la puerta.
—Adelante. -dijo, Alejandro.
—Señor... -dijo, una chica con ropa totalmente apretada.
—¿Si? -preguntó.
—¿Dónde lo espero?
—Anda al salón fotográfico.
—Okey. -dijo y cerró la puerta.
—Esa ropa la conozco... -dijo Carina pensando. Yo vi esa ropa antes.
—Bueno, yo me voy. Gracias por tu tiempo. -dije.
—Chau. -respondió.
Me levanté del asiento y fui hacia la puerta. Al salir de la empresa fui a mi camioneta, me subí y arranqué.
—¿Por qué decís que la ropa que tenía esa chica la conocías? -pregunté.
—Es que esa ropa la vi antes, no sé en donde pero la vi en otro lugar. -respondió.
—¿Vos pensás que Alejandro me mintió?
—Sí, yo estuve tres años con él y conozco cuando miente, lo que no se me ocurre es... ¿Por qué te mintió?
Continuará...
sábado, 19 de abril de 2014
sábado, 22 de marzo de 2014
"Capítulo 2".
Amor En El Más Allá.
—¿Qué está pasando? -preguntó Sol, asustada.
—Anda a mi habitación. -dije.
—¿Qué?
—Haceme caso, anda a mi habitación. -repetí.
Sol me hizo caso y se fue.
—¿Quién sos? -pregunté.
Las luces, el celular y los parlantes se apagaron de golpe. Ese espíritu se había ido, volví a mi habitación y vi a mi hermana caminando de un lado a otro.
—¿Y? ¿Qué pasó? -preguntó. ¿Se fue?
—Tranquila, ésta noche si querés dormis conmigo.
—Es obvio que voy a dormir con vos, no voy a dormir con un fantasma en mi habitación.
—Mañana hablamos de lo que acabó de pasar. -dije.
Sol se acostó, yo me acosté a su lado y nos dormimos. Eran las cuatro de la madrugada y algo me despertó de golpe. Abrí mis ojos y en la punta de la cama vi a una mujer parada.
—¿Quién sos? -pregunté.
—Necesito ayuda. -dijo, ella.
Era la misma mujer que pedía ayuda a través de la radio y los parlantes.
—Solo vos podes verme. Ayudame, necesito saber que está pasando. -dijo y desapareció.
Al desaparecer un viento se introdujo en mi habitación. Al día siguiente me desperté y fui a la habitación de mi hermana para saber si ese fantasma aún seguía allí pero no había señal de ella.
Subí a mi camioneta y fui a una quinta que tenía en el campo. Llegué, hice algo de comer y escuché un ruido que provenía de las habitaciones de arriba.
La televisión se prendió y volví a escuchar esa voz pidiendo ayuda.
—Necesito saber quién sos para ayudarte, por favor mostrate. -dije.
Escuché una voz atrás mío, me di vuelta y ahí la vi. Parecía un ángel caído del cielo, rubia, de piel blanca, ojos color café. Era hermosa.
—Necesito que me ayudes. -dijo, triste.
—Primero necesito saber tu nombre.
—Me llamo Carina, Carina Zampini. -contestó.
—Carina, bien. -dije.
—¿Por qué nadie me puede ver ni escuchar? -preguntó.
—¿No sabés lo qué te pasó?
—No, no entiendo nada. Por favor necesito saber que me está pasando.
—Mira, Carina... a vos no te puede ver ni escuchar nadie porque vos estás...
Me miró con ojos tristes, ya entendiendo todo.
—No. -dijo, con los ojos llorosos. Yo no puedo estar muerta. Esto tiene que ser un sueño. Eso es mentira.
—No, no lo es. -dije.
—No... yo no estoy muerta. -contestó.
—Perdón pero... es así, por alguna causa falleciste y ahora tu espíritu tiene... -me interrumpió con un grito.
—¡NO ESTOY MUERTA!
Al gritar eso, las ventanas se rompieron y ella desapareció.
Continuará...
—¿Qué está pasando? -preguntó Sol, asustada.
—Anda a mi habitación. -dije.
—¿Qué?
—Haceme caso, anda a mi habitación. -repetí.
Sol me hizo caso y se fue.
—¿Quién sos? -pregunté.
Las luces, el celular y los parlantes se apagaron de golpe. Ese espíritu se había ido, volví a mi habitación y vi a mi hermana caminando de un lado a otro.
—¿Y? ¿Qué pasó? -preguntó. ¿Se fue?
—Tranquila, ésta noche si querés dormis conmigo.
—Es obvio que voy a dormir con vos, no voy a dormir con un fantasma en mi habitación.
—Mañana hablamos de lo que acabó de pasar. -dije.
Sol se acostó, yo me acosté a su lado y nos dormimos. Eran las cuatro de la madrugada y algo me despertó de golpe. Abrí mis ojos y en la punta de la cama vi a una mujer parada.
—¿Quién sos? -pregunté.
—Necesito ayuda. -dijo, ella.
Era la misma mujer que pedía ayuda a través de la radio y los parlantes.
—Solo vos podes verme. Ayudame, necesito saber que está pasando. -dijo y desapareció.
Al desaparecer un viento se introdujo en mi habitación. Al día siguiente me desperté y fui a la habitación de mi hermana para saber si ese fantasma aún seguía allí pero no había señal de ella.
Subí a mi camioneta y fui a una quinta que tenía en el campo. Llegué, hice algo de comer y escuché un ruido que provenía de las habitaciones de arriba.
La televisión se prendió y volví a escuchar esa voz pidiendo ayuda.
—Necesito saber quién sos para ayudarte, por favor mostrate. -dije.
Escuché una voz atrás mío, me di vuelta y ahí la vi. Parecía un ángel caído del cielo, rubia, de piel blanca, ojos color café. Era hermosa.
—Necesito que me ayudes. -dijo, triste.
—Primero necesito saber tu nombre.
—Me llamo Carina, Carina Zampini. -contestó.
—Carina, bien. -dije.
—¿Por qué nadie me puede ver ni escuchar? -preguntó.
—¿No sabés lo qué te pasó?
—No, no entiendo nada. Por favor necesito saber que me está pasando.
—Mira, Carina... a vos no te puede ver ni escuchar nadie porque vos estás...
Me miró con ojos tristes, ya entendiendo todo.
—No. -dijo, con los ojos llorosos. Yo no puedo estar muerta. Esto tiene que ser un sueño. Eso es mentira.
—No, no lo es. -dije.
—No... yo no estoy muerta. -contestó.
—Perdón pero... es así, por alguna causa falleciste y ahora tu espíritu tiene... -me interrumpió con un grito.
—¡NO ESTOY MUERTA!
Al gritar eso, las ventanas se rompieron y ella desapareció.
Continuará...
"Capítulo 1".
Amor En El Más Allá.
Era viernes por la mañana, me desperté, fui al baño y me di una ducha. Al salir de mi habitación me encontré con mi hermana, Sol.
—Buen día. -dijo, algo enojada.
—Buen día. ¿Estás bien? -pregunté.
—No, papá me tiene harta con su trabajo. Nunca tiene tiempo para nosotros. -contestó.
—Pero lo tenes que entender, Sol. Papá es así con su trabajo, hasta que no descubra la teoría esa de la relatividad no va a tener tiempo para nosotros. -contesté.
—Es que yo lo entiendo pero cinco minutos nada más, ¡cinco! Es lo único que pido.
—Después voy a hablar con papá, ¿si?
—Bueno. -suspira. ¿Sabes algo de mamá?
—Hace un rato me llamó, dijo que ya llegó a Grecia.
—Que bien. -dijo, de mala gana. ¿Te diste cuenta qué nosotros nos criamos solos? Papá siempre estaba en su escritorio o en un congreso. Y mamá siempre viajando de país en país.
—Tranquila, cuando mamá vuelva de Grecia, vamos a hablar con los dos.
—Gracias, al final sos el único que me entiende. -ríe.
—¿Cómo te está yendo en psicología? -pregunté.
—Bien, por suerte es el último año. ¿Y tus fantasmas?
—Por ahora no vi a ninguno. ¿Vamos a comer algo? -pregunté.
—Dale. -contestó.
Narra Carina...
¿Por qué nadie me veía? ¿Por qué nadie me escuchaba? Iba por la calle pero nadie me prestaba atención. Estaba por cruzar la calle y un auto vino hacia mí, grité pero ese auto me atravesó. ¿Cómo podría haber pasado eso?
Seguí caminando y seguí pidiendo ayuda.
—¡Ayuda! ¿Por qué no me ven? -pregunté.
Narra Sebastián...
—Pago yo y punto. -dijo, Sol.
—La próxima pago yo. -respondí. Voy al auto.
Al subir al auto la radio se prendió sola y se escuchaba una voz de una mujer pidiendo ayuda.
—¿Escuchas eso? -pregunté.
—¿Qué cosa?
—¿No escuchas la radio?
—La radio está apagada, Sebastián...
Miré la radio y era verdad, estaba apagada.
—¿Vamos? -preguntó.
—Sí. -contesté.
Al llegar, Sol se fue a la facultad y yo quedé en casa, solo. Las horas pasaron, llegó mi hermano, Diego y luego mi papá; horas después llegó Sol. Cenamos cada uno por su lado y luego nos fuimos a dormir; eran las tres y media de la madrugada y Sol entró a mi habitación.
—Sebastián... -dijo, susurrando.
—¿Qué? -pregunté, en el mismo tono.
—Tenes que escuchar esto.
Fui a la habitación de Sol y su celular estaba en corto circuito. Las luces se prendieron solas, al igual que los parlantes de la computadora.
En ese mismo momento escuché nuevamente la voz de la mujer.
—¡Ayuda, ayuda...! -escuché.
Continuará...
Era viernes por la mañana, me desperté, fui al baño y me di una ducha. Al salir de mi habitación me encontré con mi hermana, Sol.
—Buen día. -dijo, algo enojada.
—Buen día. ¿Estás bien? -pregunté.
—No, papá me tiene harta con su trabajo. Nunca tiene tiempo para nosotros. -contestó.
—Pero lo tenes que entender, Sol. Papá es así con su trabajo, hasta que no descubra la teoría esa de la relatividad no va a tener tiempo para nosotros. -contesté.
—Es que yo lo entiendo pero cinco minutos nada más, ¡cinco! Es lo único que pido.
—Después voy a hablar con papá, ¿si?
—Bueno. -suspira. ¿Sabes algo de mamá?
—Hace un rato me llamó, dijo que ya llegó a Grecia.
—Que bien. -dijo, de mala gana. ¿Te diste cuenta qué nosotros nos criamos solos? Papá siempre estaba en su escritorio o en un congreso. Y mamá siempre viajando de país en país.
—Tranquila, cuando mamá vuelva de Grecia, vamos a hablar con los dos.
—Gracias, al final sos el único que me entiende. -ríe.
—¿Cómo te está yendo en psicología? -pregunté.
—Bien, por suerte es el último año. ¿Y tus fantasmas?
—Por ahora no vi a ninguno. ¿Vamos a comer algo? -pregunté.
—Dale. -contestó.
Narra Carina...
¿Por qué nadie me veía? ¿Por qué nadie me escuchaba? Iba por la calle pero nadie me prestaba atención. Estaba por cruzar la calle y un auto vino hacia mí, grité pero ese auto me atravesó. ¿Cómo podría haber pasado eso?
Seguí caminando y seguí pidiendo ayuda.
—¡Ayuda! ¿Por qué no me ven? -pregunté.
Narra Sebastián...
—Pago yo y punto. -dijo, Sol.
—La próxima pago yo. -respondí. Voy al auto.
Al subir al auto la radio se prendió sola y se escuchaba una voz de una mujer pidiendo ayuda.
—¿Escuchas eso? -pregunté.
—¿Qué cosa?
—¿No escuchas la radio?
—La radio está apagada, Sebastián...
Miré la radio y era verdad, estaba apagada.
—¿Vamos? -preguntó.
—Sí. -contesté.
Al llegar, Sol se fue a la facultad y yo quedé en casa, solo. Las horas pasaron, llegó mi hermano, Diego y luego mi papá; horas después llegó Sol. Cenamos cada uno por su lado y luego nos fuimos a dormir; eran las tres y media de la madrugada y Sol entró a mi habitación.
—Sebastián... -dijo, susurrando.
—¿Qué? -pregunté, en el mismo tono.
—Tenes que escuchar esto.
Fui a la habitación de Sol y su celular estaba en corto circuito. Las luces se prendieron solas, al igual que los parlantes de la computadora.
En ese mismo momento escuché nuevamente la voz de la mujer.
—¡Ayuda, ayuda...! -escuché.
Continuará...
viernes, 21 de marzo de 2014
"Sinopsis".
Amor En El Más Allá.
Mi nombre es Sebastián Estevanez, vivo en Buenos Aires y tengo 26 años. Desde chico yo tengo un don, un sexto sentido; puedo ver a los espíritus, gente muerta.
¿Por qué yo? ¿Por qué ese don? No lo sé. Pero con el tiempo me di cuenta que lo necesitaba; gracias a ese don conocí a una bellísima, mujer. Carina Zampini tenía 23 años, estaba en pareja con un hombre llamado Alejandro.
Pero ella había tenido un accidente en el que había muerto, pero había un problema; no recordaba como había fallecido. Nos enamoramos perdidamente pero había algo que lo impedía, la muerte. Con el tiempo nos fuimos conociendo mejor pero yo no podía más, quería que fuera mi mujer. Así que le puse un punto final a todo. ¿Cómo? En esta historia lo verán.
Mi nombre es Sebastián Estevanez, vivo en Buenos Aires y tengo 26 años. Desde chico yo tengo un don, un sexto sentido; puedo ver a los espíritus, gente muerta.
¿Por qué yo? ¿Por qué ese don? No lo sé. Pero con el tiempo me di cuenta que lo necesitaba; gracias a ese don conocí a una bellísima, mujer. Carina Zampini tenía 23 años, estaba en pareja con un hombre llamado Alejandro.
Pero ella había tenido un accidente en el que había muerto, pero había un problema; no recordaba como había fallecido. Nos enamoramos perdidamente pero había algo que lo impedía, la muerte. Con el tiempo nos fuimos conociendo mejor pero yo no podía más, quería que fuera mi mujer. Así que le puse un punto final a todo. ¿Cómo? En esta historia lo verán.
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